Alacrán Enamorado
Le
gusta el boxeo?
Si
su respuesta es sí, no hace falta saber más...
En
cambio si es negativa, le preguntamos:
Sería
capaz de asistir a la pelea de un gran amigo?
O ver
una peli que aunque se centre en ese deporte, el argumento le resulte familiar?
Aunque
estrenada a principios de 2013, el recién visto filme me ha causado una gran
impresión.
Mientras
miraba el televisor, en mi mente viajaba al año 1992.
Todavía
no había terminado la segunda infancia ni me habían bautizado jamás con el nombre
de inmigrante, cuando a través de los periódicos me enteré de lo que le pasó a
Lucrecia…
Más
de uno conoce la historia que me permito recrear.
Dejando
a su hija, a su marido y un bohío; llenó su maleta de sueños y emigró a la
llamada madre patria. Poco después partía de este mundo por los disparos de unos
jóvenes neonazis.
Se
cuenta que este acontecimiento produjo un antes y un después en la historia
social de España; ya que ante el resto del mundo fue señalada como un país altamente racista. Antes las empleadas domésticas o “chachas” debían limpiar
los suelos de rodillas y a ningún extranjero “de color” le alquilaban pisos.
Pese
a que se siguen dando condiciones de explotación laboral y usando apelativos
peyorativos (negro, gitano, panchito, forastero, etc.), hoy se observa mayor
equilibrio e igualdad institucional.
La
película, que cuenta con los hermanos Carlos y Javier Bardem como actores, pone
de moda temas para mí en desuso como los llamados racismo y neo-nazismo.
Pensaba
que eso era cosa padecida quizás por mi madre y otros parientes; quienes se
aventuraron a emigrar a principios de los 90, como Lucrecia Pérez. Cuando solo
debían presentar unos dólares en el consulado y no necesitaban visado para
viajar.
El
protagonista (encarnado por el actor Alex González) como todo joven que
necesita identificarse con una ideología, se enrola en una banda de neonazis. Motivados
por un abogado oportunista (Javier Bardem) entran a los locutorios y van por
las calles dando palizas a aquellos que han venido a robarles el trabajo, los
turnos en los hospitales, el porvenir.
Y
aquí compro un billete y vuelvo a República Dominicana, literalmente. Me
encuentro con una mujer haitiana y le pregunto: Tienes formación superior,
vendes frutas por las calles y te acusan de quitarles el trabajo? Pues
bienvenida al club!
Ya
que en el país en que me ha tocado vivir, excepto los profesionales de la salud,
todo cristo ha de venir a realizar trabajos que los nativos habían puesto de
lado; tales como la construcción, labores domésticas o de limpieza.
El
director del filme, Santiago Zannou, decía durante un coloquio que todos
llevamos un “pequeño odio” dentro, a juzgar por la discriminación que nos pueda
tocar en la vida (por raza, orientación sexual, estatus social, etc.).
Y
al mencionar tal sentimiento, recuerdo como en la película el protagonista se
enamora de la trabajadora del gimnasio, de raza negra (Judith Diakhate). Con la
que dicho sea de paso, realiza unas escenas eróticas no aptas para menores.
Aparte
de esto, prefiero no profundizar en críticas hacia esta creación del séptimo
arte. Aunque me hubiese gustado para este filme algún tema musical (a falta de
banda sonora) y más tema familiar (ya que no soy muy amante de los rings).
En
lo tocante a mi experiencia personal y sin ínfulas de aparentar, me considero
una “inmigrante privilegiada”. De aquellos que por cada insulto hemos recibido
diez gestos de cariño por gente de buen corazón.
No
podemos negar la existencia de la xenofobia, del pasado violento, de la
discriminación ocasional.
Pero
tampoco podemos negar el sentimiento entre dos que sostienen a su bebé “café
con leche” con amor. El abrazo sincero del niño a la nana que con diferente
acento, le mima y educa. La gratitud del anciano hacia el brazo del cuidador
que por las calles le sostiene.
En
fín, no podemos negar que por sobre todo odio, prevalece el amor que nos da
Dios.














